Acumulando miedos

El miedo, limitador y beneficioso por igual, esa sensación necesaria y desagradable provocada por la percepción de un peligro real o que solo suponemos. Un peligro presente, futuro o incluso un peligro que ya pasó. Probablemente, una de las peores emociones cuya máxima expresión es el terror, el pánico.

Solo oír esas palabras se me erizan los pelos a la vez que se despierta en mí una terrible curiosidad de entender por qué razón tenemos que pasarlo mal. La respuesta es muy simple, supervivencia.

Si de alguna manera pudiéramos modificar nuestro material genético y nuestro cerebro para dejar de tener miedo, simplemente moriríamos. Nos convertiríamos en personas completamente temerarias que arriesgaríamos nuestra vida a cada paso. Seguramente no duraríamos más de unos pocos días…

Sentir miedo nos permite retirarnos cuando existe una amenaza, por lo tanto, no debe considerarse como una emoción negativa sino positiva, aunque no nos lo parezca. El miedo se encarga de hacernos conscientes de los peligros que nos acechan. Nuestros sentidos captan el foco del peligro y pasan a ser interpretados por nuestro cerebro. Cuando esto pasa, se desencadena “el miedo” convertido en un aumento de la presión arterial, de la velocidad del metabolismo, de glucosa en sangre, de adrenalina, tensión muscular y la apertura de los ojos y dilatación de las pupilas.

Uno de los miedos más comunes es el miedo a las arañas y las serpientes. De hecho se cree que este temor empezó hace cientos de miles de años, al comienzo de la evolución humana en África, donde las arañas y las serpientes suponían un gran peligro. El miedo de esos primeros hombres fue tan grande que quedó grabado en su material genético. De hecho, este miedo colaboró en la supervivencia de nuestra especie. Pero a la vez, también sabemos que chimpancés nacidos en cautividad gritan aterrados al ver por primera vez una serpiente por lo que aun podríamos estar hablando de un miedo muchos más antiguo.

Otros miedos procedentes de cuando vivíamos en la sabana son el miedo a las tormentas, a grandes carnívoros, la oscuridad, la sangre, los desconocidos/extraños o dejar la casa sola.

Lo que me resulta sorprendente es que estos miedos aún siguen muy vivos dentro de nosotros aunque nuestro ambiente haya cambiado por completo. Lo que sería lógico es que algunos de estos miedos que hoy sabemos que no pueden afectarnos demasiado, como las tormentas o la sangre u otros que ya podemos evitar como dejar la casa sola bien cerrada con llave y con una alarma, se fueran diluyendo y que las armas, los vehículos o incluso el desempleo fuera lo que realmente nos preocupe. Aun así, más que cambio de miedos, los vamos acumulando. Está claro que si existe un componente genético en el miedo, necesitaremos muchos años para deshacernos de los que ya son irracionales.

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